AQUELLO QUE VIENE A CONTINUACIÓN...

Los textos, imágenes, comentarios, críticas y demás material enjachador, publicado en este espacio virtual, son entera responsabilidad del autor del sitio. Sí alguien se siente identificado, respaldado o mencionado en cualquiera de las reseñas...pues bien por él o ella. Los artículos publicados pueden ser tomados como materia e insumo académico, al menos para el autor lo son...depende de las agallas del potencial lector, asumir teórica o académicamente lo que en este blog encuentre...Gracias.

jueves, 15 de marzo de 2012

Seminario de realidad nacional # 11: plan fiscal para principiantes...o...el eterno retorno...o...Ottón saca las uñas, y con caca


Este vídeo ilustra y explica los movimientos ocultos que conlleva el plan fiscal, a su vez, analiza las caballadas y alegatos de Solís (y del PAC en general) en torno a la propuesta fiscal. La explicación es muy comprensiva y da cuenta de, lo que por un lado es la realidad concreta de la tal reforma, y por otro, la realidad concreta de la imbecilidad de Ottón. Me habría gustado que el expositor hubiese sido más ácido o soez.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Seminario de realidad nacional #10: Ser un gourmet también es comer mierda...o...breviario de idiotez nacional


"El más viejo truco de la mercadotecnia. Hacer creer al prisionero que su celda fue especialmente diseñada para él. Trágico."...
Yo tengo un truco más, igual de viejo e igual de trágico...hacer creer a ideólogos y tinterillos que son intelectuales, rebuzno va rebuzno viene. Diablos, trágico, mucho.
Esta semana, el cultísimo, el estudiadísimo, el arrechísimo y critiquísimo intelectual orgánico (dícese de aquellos intelectuales nutridos con mierda y despojos) lanzó uno más de sus arrebatos mesiánicos y proféticos. Si una vez lo vimos agudizando sus opiniones sobre las nalgas de Shakira, esta vez lo vemos despotricando contra los pantalones de mezclilla (perdón, los jeans, mezclilla dicen los plebeyos).
A mí me sorprenden ciertas relaciones y dimensiones semánticas en los discursillos de Sagot, por ejemplo, su vocación hegeliana de interpretar la decadencia cultural, de manera amplia y puntual, a partir de los motivos más Más MÁS banales, y a partir de tales motivaciones, tirar y tirar mierda a diestra y siniestra.
Pobrecitos de nosotros, los que usamos mezclilla, sin saberlo, somos presos de la homogeneidad y la esclavitud. Me incluyo en las filas de los galeotes (jeje), pues, aunque ya me liberé de la tiranía de la mezclilla, y  gozo ahora la emancipación del corduroy, siento aun mucha solidaridad hacia los que visten su miseria con las mezclillas de la esclavitud.
Sagot, tal cual nos vamos dando cuenta cada día más, está por encima de todo prejuicio, está más allá del bien y del mal, es más...está por encima del espacio y del tiempo, eso se sabe, está hecho mierda de la salud, pero él ahí sigue. Sagot es la singularidad por antonomasia, es la ira de dios. Sí.
Vean, está bien, todos los que le ponemos un poco de cabeza al asunto nos damos cuenta que en este país no hay una formación ciudadana concreta y de calidad, no hay educación política ni, tampoco, mucho menos, una educación pública que apele a la crítica, la sensatez y la lucidez.
Y con esto no estoy diciendo que se exonere a Sagot de sus continuas caballadas, metidas de pata, acartonadas y trasnochadas opiniones; ni mucho menos que se pasen por alto sus comentarios pro statu-quo, sus posturas ultraconservadoras, sus artículos plenos .de violencia y misoginia, es más, con lo que señalé más arriba, no pretendo, ni un poquito, que nos hagamos de la vista gorda acerca de todas sus opiniones rotundamente alejadas de la realidad nacional, sideralmente lejanas de lo que ocurre en Costa Rica o sus posturas radicalmente prejuiciosas e ignorantes, desinformadas, enajenadas, carentes de perspicacia, e imbéciles. Es más, en un punto que me toca las fibras profundas, no nos hagamos los majes cuando apela a una supuesta formación literaria y filosófica, por lo demás oficialista, ortodoxa, de manual, que pretende ser ilustrada. No, en serio, ni en esto lo excusemos.
No, por favor, no lo exoneremos de nada de esto, más aun teniendo en cuenta que ostenta un cargo público.
Para colmo de males, el diario más imbécil del país se encarga de objetivar sus discursillos.


Su supuesta fenomenología hermenéutica de los jeans redunda en un seudo-balance político de la decadencia moral de aquellos pobres diablos que se ponen la mezclilla: el artículo que publicó es tan hecho mierda y malo que yo no perderé mi tiempo analizando nada, creo que nadie lo haría. Sin embargo, me deja una lección de vida: tal y como están las cosas en el gobierno, sus nombramientos públicos, y las exigencias de los organismos internacionales, bueno, pues yo creo que me dedicaré a publicar algún material discutiendo las implicaciones políticas de los botones y como estos son una propaganda de las clases obreras; o un artículo en que discutiré la disposición esclavista de todos aquellos que abrevian sus palabras en los mensajes de texto; es más, haré una análisis, tan profundo como los de Sagot, en cual expondré la relación macro social e histórica de todos aquellos que comen macarrones y su tendencia a no leer y ser esclavos plebeyos. Creo que si me la juego así, bien podré ser ministro de cultura o premio Nobel.

MUF

mis patologías....

El auto-engaño...de las patologías, una de las más nocivas...sé de lo que hablo. 

Seminario de realidad nacional # 9: dime con quién andas y te diré quien eres...o...la consagración de la prima-mierda


domingo, 4 de marzo de 2012

...diay sí...así somos...




YDIAY

Carmen Naranjo

De esta expresión sólo cabe comentar el significado que tiene en nuestro medio, pues
la ha hecho el costarricense al vivir el español como la lengua adquirida a la par de una
cultura y de una religión. Y quizás lo más importante de esta adquisición, sea la lengua en
sí, pues ella conlleva cultura y religión. No en vano dice Bergson que:
La tradición se apoya en el uso del lenguaje.
Dice don Carlos Gagini que idiay con signo de interrogación es una expresión
usadísima entre nosotros en los mismos casos en que los españoles exclaman ¿y bien?, ¿y por
fin?, ¿luego?, para incitar a que se concluya lo que se estaba diciendo o haciendo. Además,
señala que es una pronunciación vulgar del castellano ¿y de ahí? Términos más o menos
semejantes apunta a esa expresión el profesor Arturo Agüero.
El señalamiento es parcial porque sólo en determinados momentos el idiay es la
muletilla que en el diálogo se esgrime para incitar a la continuación. Y en estos casos, viene
a significar básicamente ¿y qué? Es más, muchas veces bajo este significado el idiay se
sustituye por el ¿y qué?, ¿y qué pasó? ¿y qué sigue?, ¿y qué respondió? Y el ¿y qué? es la pregunta
concreta que trata de que se continué o termine el relato.
Francamente, el idiay como sustituto del y qué, sería casi inocuo en el lenguaje, vendría a
representar el estímulo de la continuación en un gesto de curiosidad lógico, sería el y
buscando la adición porque es necesaria para completar o terminar la percepción de un
cuento.
La importancia del idiay va más allá y simboliza una actitud del costarricense. Es como
un desafío la mayoría de las veces y como desafío adquiere una gran importancia en nuestro
decir. No significa entonces el y qué como incitación a que se concluya un relato, viene a
significar una puntualización de los hechos para introducir un reclamo. Idiay, que no
necesita la interrogación porque está implícita, es el sustituto de: ¿qué le pasa conmigo?, ¿por
qué me molesta?, ¿qué busca?
Así el costarricense, que es puntilloso y cuyo pacifismo acaba cuando alguien lo codea
o lo molesta en alguna forma, se respinga y exclama el idiay. En esta forma está reclamando
su propio acomodo. La expresión no busca continuidad, sino aclaración, se exige el punto
sobre la i, la evidencia para actuar. Si la respuesta que se recibe es una disculpa, el idiay fue
bienvenido. Si el silencio viene o la burla a la contrarréplica, queda el campo abierto a los
puños.
También es muy corriente que el costarricense con el idiay pregunte por sus intereses,
consciente de que en ciertos momentos hay reparto en la vida, ya sea de alegrías o de penas.
El idiay significa entonces ¿y yo qué?, o sea, qué es para mí, cuándo se me ha destinado, qué
tarea me corresponde, cómo he sido afectado o en qué forma se ha aludido a mí. El idiay en
estas frases ya no viene a ser un desafío, ya no es la actitud respingona, se convierte en la
indagación de lo propio, de lo que afecta.
El costarricense sin esconder sus intereses pregunta por lo suyo. Podría interpretarse
esta indagación como la versión de y de ahí qué para mí. Es decir, vuelve el idiay a su forma
original, a aludir al ahí en la relación que tiene con el sujeto, el ahí pasa a ser la
circunstancia, la cosa, la pregunta es qué es mío de ahí, el sentido de propiedad, la
necesidad de tener. El ahí indaga cuál es la participación en el reparto.
Tenemos entonces que el idiay en pequeña parte es una incitación a la continuación del
relato, para evidenciar la curiosidad siempre alerta del costarricense, su afición a los detalles,
el deseo de acercase al dominio del asunto a través de la versión fácil de otro, el gesto
infantil de saltarse los preámbulos y llegar pronto a las conclusiones, la búsqueda del fin
práctico, de los resultados.
Para el costarricense no tiene importancia lo demás, no encuentra valor a los
intermedios, desprecia las divagaciones, las dudas, el calvario de la debilidad, la convicción
que viene del análisis, la mención de los puntos que se analizaron. El relieve lo adquiere el
resultado escueto e independiente. El idiay en este sentido demuestra impaciencia por la
hojarasca, por el entretenimiento de las circunstancias y la demanda de la conclusión, el qué
pasó en definitiva y cuáles son las consecuencias, es la interrupción nerviosa de al grano.
Así el costarricense tiene posiciones diferentes cuando es relator y cuando es oyente.
En la actitud primera se deleita en el rodeo, pesando las introducciones, y los desvíos,
desmenuzando los detalles, inquietando la atención del oyente, jugando con la curiosidad
del interlocutor y complaciéndose en los idiays que va entremezclando el auditorio. Pero, en
la posición de oyente, la actitud es distinta, se quiere el acto final del asunto planeado sin las
reverencias del intermedio, pareciera que se desea economizar el tiempo y deja por
inexistentes los preámbulos. Surge el costarricense pragmático cuando es el receptor del
relato, el costarricense práctico al que interesan los hechos, el que mide la importancia a
través de lo concreto, el que no se deja arrebatar por el sonido sino por el eco, el que
demanda el resultado de la acción, el punto tangible, lo que se toca, se huele, se mide.
El costarricense se entusiasma cuando es actor, por las intenciones, pero cuando es
espectador sólo se conmueve con los resultados. Esta contradicción entre actor y
espectador, que tan bien condensa el idiay, en el tono acondicionador del y qué, demuestra el
doble filo en la aspiración de nuestro hombre común, pues exige concreción práctica
cuando recibe y espera comprensión y amplitud cuando le toca el turno de dar. Es
mezquino en el juzgar y aspira generosidad cuando es juzgado, por eso es afín a gente que
muestra dócilmente una aptitud especial hacia lo sugerente, cree con firmeza en la
influencia, en el nombre, en lo aparente. Descansa en el menor esfuerzo de crédito porque
tiende a exhibir el sacrificio hecho de su vida, para respaldar en él su indolencia. El yo hice es
más corriente que el yo hago o el yo haré. La versión del pasado es la de un hecho práctico y
seguro, la del presente es una incertidumbre que exige fe y la del futuro un sueño que
obliga a soñar y amarga la sazón del momento.
Frente al dibujo utilitario del idiay compulsivo hacia el resultado, surge el otro como
grito de desafío y muestra la disconformidad. Reacciona rápido el costarricense cuando es
agredido en sus intereses o en su comodidad. Se despierta violento y está dispuesto a
pelear, pero el idiay es un llamado al parlamento, a la explicación. Cree el costarricense en la
palabra y es fácil verlo extraviado en su propio discurso. Prefiere explicarse a ser y se ha
hecho experto en materia de explicaciones. En cada costarricense vive un abogado
defensor de sus derechos, de sus equivocaciones y aciertos. El punto de vista de cada quien
en nuestro país se expone con brillantez y en la pasión de las palabras el costarricense se
pinta autorretratos graciosos, se descongestiona, se hace lavados corporales y mentales.
En el país tiene más importancia el decir que el hacer, el anunciar que el actuar. Como
muestra de lo anterior, cabe ejemplificar que se inauguran obras sin terminar, y aun sin
empezar, porque es más importante el discurso, las palabras que destacan la obra que la
obra en sí. En esas ocasiones, se olvidan los idiays del público y las palabras se valoran tan
prácticas y eficaces como una relación en sí.
Y este idiay desafiante, con un ton encolerizado, se diluye ante la frase cortés de:
Perdone usted, no fue mi intención, he sentido molestarlo, le ruego
disculparme.
El idiay esconde gustoso, como un perrito bravucón pero poco agresivo, el rabo entre
las patas, y aquí no ha pasado nada. La paz no se ha alterado, las relaciones humanas no
han sufrido, el respeto a la explicación – aun cuando sea una mera formalidad – vence
cualquier gesto airado, esconde dentro cualquier rencor, pues se han cubierto las
formalidades y el costarricense nuevamente formalista y superficial se conforta con la
apariencia de la cortesía. Pero, si el idiay no motivó la explicación, el problema se agudiza y
la violencia se convierte en una marea alta de palabrotas o de ademanes duros en un pleito
callejero, que tratan de apaciguar, con cierta complacencia de que se avive, los pacíficos
mirones.
El idiay, además del pedido de explicaciones, es la solicitud a que se nos reconozca
como personas, es la llamada de atención para que no invadan o lastimen nuestros
derechos. Y es que al costarricense le gusta que lo tengan en cuenta, lo consideren, lo
mencionen, le otorguen los créditos que cree merecer, le den su lugar, no lo olviden. En
nuestro ambiente es siempre una aspiración el bombo y más de uno resuelve esa necesidad
por medio de un sistema de autobombo.
Nuestros donjuanes no se dedican a la conquista y la colección de mujeres, sino a la
recolecta de opiniones favorables a sus personalidades, a la victoria en el campo de las
simpatías y al difícil arte de ser agradable a todos. Esa tendencia donjuanesca da origen al
palanganeo, que evade el caer mal a la gente y tiende a ganar afectos por parte de los dos
bandos que se disputan un asunto. Sin pronunciarse a fondo, el consultado encuentra
fundamento en las razones alegadas por uno y otro litigante y su mayor anhelo es llegar a
una resolución salomónica, que además de ser sabia complazca ambos intereses.
En nuestra democracia ganan en realidad las elecciones los que se abstienen de votar,
los que han cogido el camino fácil de la neutralidad. Los neutrales, los del ejército del ahí
vamos, del qué le vamos a hacer, del a mí que me importa y del de por sí, afluyen con su indiferencia
a desteñir la individualidad que aparentemente busca el costarricense y que acaba por
representar un sitio cómodo o donde nada ni nadie moleste. Es una democracia de
servilismo a la comodidad.
Pero, ese neutral exige el reconocimiento, la señal de su valor, la consideración de su
caso, la ponderación de sus méritos, la mención de sus honores.
El idiay, ya con signos implícitos de admiración, es el aviso del peligro que corren los
historiadores al omitir un nombre, es el terror que se siente en los homenajes al olvido de
una persona en la placa conmemorativa, es la mención infinita de los fulanos y los zutanos
en la relación de un acto, es el recuerdo impreso en el abuelo figurón, es el menú de los
alegatos interminables por un reconocimiento. Se busca el distinguirse por el simple
ejercicio de figurar. Los neutrales, ajenos y reservados en la hora del conflicto,
procuradores del quedar bien, exigen su puesto en la historia. Mediante el idiay, o sea el yo
qué, se aspira al aprecio, a la comprensión sincera y amplia, y es más, se busca la admiración.
Si bien nada merece admirarse o asombrarse, dentro del pacifismo conformista y el
alejamiento del embate público a que se tiende, el costarricense enramado y retorcido en la
exportación de sus explicaciones, exige para sí la evidencia de la importancia a través del
reconocimiento por parte de los otros, que espera surja tan espontáneo como la inteligencia
en un rostro de rasgos griegos.
Y si el costarricense ha optado por hacerse una historia en forma activa, el idiay es más
exigente, se convierte en una demanda imperiosa y el cuido de la figuración del nombre,
bien lustrado y bajo la calificación de elegantes adjetivos, sacia el deseo de trascendencia e
inmortalidad que no tiene largo vuelo en él, pues confunde la aceptación simpática con el
valor innato, la impresión con la esencia, la publicidad anecdótica con el merecimiento
permanente. Prefiere brillar en el dicho oportunista, pero seguro y risueño, que pasar como
una figura contradictoria y polémica. Tenemos una generación de aspirantes a Ricardos
Jiménez, que le han buscado punta al lenguaje sin la gracia y la sabiduría popular del
expresidente, y sólo han logrado maltratar nuestro idioma y herir con el choteo el
crecimiento espiritual de nuestro pueblo.
El costarricense aspira que el pasaje a la historia sea un camino plácido, como si se
tratara de un álbum familiar en donde quedan registrados los acontecimientos íntimos con
el disimulo de una ternura alcahueta.
El idiay, como llamada de atención hacia sí mismo, no sale del círculo egoísta y cómodo
en que se entrapan los costarricenses en una monotonía que los va durmiendo
plácidamente, siempre dentro del concepto de propiedad intocable, en donde no se quiere
la perturbación del riesgo, menos aún la dificultad de poner en entredicho su valor y su
individualidad, esta última figurada en la máscara del irresponsable desapego a lo humano.
Y cuando despierta de esta modorra, con la sed del idiay, viene a exigir el tenue calmante de
un aprecio con miles de figuras falsas que tienen un fatuo uso en el brillo del nombre.
El idiay no busca una respuesta con verdad, sino un simple movimiento de sobalevas, bajo
el efecto de creerse calificado con justicia y gozar del reconocimiento como hecho
concesivo y gracioso, que es merecido por sí y ante sí. Sucede como si frente al temor de
qué dirán, hubiera seguridad de que dicen bien, la opinión no es mala, por el contrario es
buena, y con la creencia de esos comentarios la inquietud de inmortalidad que apasiona a
los pueblos y los pone en el difícil trance de ganarla, se apaciguará con el candor del niño
pobre que distrae y hasta olvida su hambre con una botella de agua. La leche, la buena
leche de este país, médula necesaria para ser, tiende a disfrazarse de agua, ni siquiera de
agua pura, teñida con el blancuzco engañoso del blanco.
Es así como creo que el idiay se excede del sentido consignado en los diccionarios de
costarriqueñismos, y el pensador a quien busca encontrará otras muchas profundidades y
vértices al usadísimo término que salpica todas nuestras conversaciones. Se me ocurre, ya al
final de este intento de ensayo, que el idiay también significa una explicación tácita de una
actitud, una disculpa no evasiva sino de cierta resignación consoladora, para representar el:
Qué iba a hacer yo o qué quiere que haga, si no tengo capacidad, si mi
suerte es mala, si...
Un reconocimiento de capacidades limitadas o una aceptación al fatalismo, un
rendimiento fácil con una disculpa lista a disculpar, una modalidad del:
Así somos, qué le vamos a hacer.

Seminario de realidad nacional # 8: Killing me softly o un salvavidas en este mar de caca



La asamblea legislativa dio luz verde a la ley de regulación anti-tabaco. Por esta vez no tengo mucho que decir...sino que, bueno, pudieron haberlo hecho con más agilidad y rapidez. Está bien. Resta esperar que reacciones legales vendrán. 

Según el sondeo de opinión (el cual no referiré en este momento), los fumadores no están de acuerdo (eso es obvio y comprensible) y los comerciantes, tanto de expendios así como los dueños de bares y centros recreativos, se oponen y alegan la parcialidad que supone y da cuerpo a la implantación de dicha ley.

Me llaman la atención, gástrica y biliosamente, los argumentos que se esgrimen en torno al tema del consumo regulado de tabaco. Como algunos pocos sabrán, soy muy generoso (je) por tanto, no he tenido ningún miramiento en, por comodidad, llamar argumentos a los berreos de quienes se oponen.  

El principal núcleo significativo en sus alegatos es que "esa ley atenta contra la libertad del consumidor"; "esa ley solo favorece a unos y deja de lado a otros"; "esas leyes violan la libertad, así comienzan las dictaduras"; entre otros. Doy importancia a estos lugares comunes, por un hecho simple de percibir y enunciar, pero harto complejo en su tratamiento: la apelación a la libertad, como algo individual  ("esa ley atenta contra la libertad del consumidor") así como proyecto colectivo ("esas leyes violan la libertad, así comienzan las dictaduras").

Si bien no vivimos en el mejor de los mundos posibles, hay que saber remar y abrirse camino en el barrial  de tierra y mierda que habitamos; por ende, la forma en que la institucionalidad de este país, sus premisas de gobernabilidad así como la vida cotidiana que se vive o se padece por sectores, plantean mecanismos desde los cuales vetar leyes y obstruir procesos (sería lindo tener el dato exacto de cuanto proyecto sensato y necesario se halla inconcluso en el plenario); este carácter ambiguo, medias tintas e insulso muy propio del costarricense (sí, así lo digo, categorialmente) se traduce en la vida política, desde las formas más inesperadas de idiotez social y enmierdamiento cotidiano. 

Pero ¿qué se puede esperar? no hay que meter profundo el dedo en la llaga para sacar pus: el costarricense promedio (disculpen la abstracción, no queda de otra) no posee una educación política básica, cuenta, más bien, con una sensibilidad política ideologizada, nutrida desde dos ejes discursivos, por un lado, el discurso de la Costa Rica democrática,  por otro, el de la Costa Rica pacífica. Qué insensatez. Diablos.

Esa sensibilidad articula cuanto contenido substancial y práctica formal se sedimenta como seudo acto o seudo acción política. Lo digo de otra forma: el tico resiente cualquier medida, decisión, directriz o normativa que ponga en jaque su muy tranquila forma de ser y de actuar. Cuanto se postule o proyecte como obstáculo a esa cómoda forma de vivir, alegre y pacífica (recuerden que Costa Rica es el país más feliz) será inmediatamente asimilado como obstrucción a la libertad, y se reconfigurará desde el marco categorial (recuerden lo generoso que soy...je) de los discursos de la patria democrática y la vida pacífica del tico...de la suiza centroamericana. 

Un aspecto importante a destacar es el mecanismo de mediación discursiva que hay: ¿cómo emana tal idea de la libertad pacífica y democrática?. Hay aspectos claves desde los cuales dibujar la ruta de esa mediación: por un lado el sistema (des)educativo de este país; por otro lado, los medios de comunicación en su faceta abiertamente propagandista y en su faceta solapadamente lava-cerebros. Ni falta que hace una educación política ni una visión politizadora, de eso se encargan bichos como Édgar Silva, Ignacio Santos, Camilo Rodríguez, Jacques Sagot o todo el elenco de la Comedia Legislativa y de Combate.

Toda la ausencia de educación política, de criterio ciudadano, la manifestación de idiotez sistemática, la concreción de la anomia fantasmal, la ideologización de la sensibilidad excepcional del tico, toda esta hediondez se concreta y sedimenta en la apelación y reclamo por la seudo-libertad. Y ojo, yo estoy totalmente de acuerdo, radicalmente, con la vivencia de la libertad concreta, no colonizada ni administrada, libre o al menos, garantizada por alguna institución que se asuma como democrática y desde el estado de derecho más próximo, hay que ser realistas al menos en este caso. 

Sin embargo, lo que se perfila aquí no es más que la carencia de educación política transversal a cada estamento de la vida de este país: las mismas leyes suponen vacíos (FAIL!), los diputados no tienen educación; el ciudadano promedio no tiene educación:  opina lo que se diga en 7 Días o en Giros o en Buen Día...qué desgracia...

¿Será el tema de la libertad lo que hay de fondo en tanto reclamo por la nueva regulación del consumo de tabaco? Yo considero, así, de plano, que no. Si bien es cierto, la recepción sensible del asunto toca en primer lugar las opciones de la libertad individual, pero no se busca comprender más allá de esta sensibilidad fracturada por el habitus hegemónico, por violencias simbólicas que han imperado. Cero reflexión y se vuelve una opción, cómoda e inmediata, la recepción de todo a partir de los discursos ideologizados. 

Y bien es cierto que entra otro actor a tirar línea sobre el asunto: la Tabacalera Costarricense reclama, en conformidad con lo que se espera,  el elevado impuesto a que se verá sometido el consumo de cigarros, pero dando un giro interpretativo al asunto, Guillermo Oliva, representante de la tabacalera, indica que tal impuesto, dado su alza, será una prohibición, y en tanto tal, propiciará la comercialización ilegal de cigarrillos, logrando con ello un retroceso, pues tal piratería acarrearía, paralelamente, más delincuencia de la que hay.

Este punto es interesante, lo considero una forma sensata y lúcida de defender su posición sin recaer en la dimensión más economicista, lejos de toda almabellada ingenua.

Es claro que dicha ley es todo un avance en lo tocante a la salud e higiene del país, eso es fundamental. Resta esperar si dicho avance supondrá una politización de otro tipo de vivencias cotidianas y subjetivas.  A ver si la cabronada de vida es más soportable. Sí, diablos que hace falta.


MUF



Una modesta proposición...muy a la altura de los tiempos...


Una modesta proposición:
Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público
[Sátira: Texto completo]
Jonathan Swift

Dublín, Irlanda, 1729





 Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.
Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.
Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.
Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.
Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.
El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.
Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.
Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.
Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.
Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.
Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.
Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos más niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.
Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.
Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.
En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.
Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.
Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán, el reino no estaría peor.
Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.
He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como de la mayor importancia.
En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura episcopal.
Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo desconocido para ellos.
Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente producidos y manufacturados por nosotros.Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año.
Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.
Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un aborto.
Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.
Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones, especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.
No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.
Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.
Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas, añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar una contestación, pregunten primero a los padres de esos mortales si hoy no creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre.
Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.


sábado, 3 de marzo de 2012

Dijo el cuervo: "Nunca más".

El magnificente Vincent Price

Homero Simpson



El Cuervo 

Por Edgar Allan Poe

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,
meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
"Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal;
sólo eso y nada más."
¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma
en mis libros, ni consuelo a la perdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquí nadie nombrará.
Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más".
Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
"Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar
pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el portal:
sólo sombras, nada más.
La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar...
sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvióla a nombrar.
Sólo eso y nada más.
Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
"Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;
veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!".
Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal, en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posose y nada más.
Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
"Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser 
osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
que se llamara "Nunca más".
Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;
por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".
Dijo entonces: "Nunca más".
Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
"Sin duda - dije-, repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
"Nunca, nunca más".
Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
planté una silla mullida frente al ave y el portal;
y hundido en el terciopelo me afané con recelo
en descubrir que quería la funesta ave ancestral
al repetir: "Nunca más".
Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
y ya no usará nunca más!
Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
"¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!".
Dijo el cuervo: "Nunca más"."¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,
dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
"¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".
"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará...¡nunca más!.